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Milei volvió a compararse con Moisés, no aceptó errores y defendió a Espert

Tras la renuncia del economista en medio de denuncias por narcotráfico, el Presidente volvió a defender a su ladero, se enojó más de una vez con el oficialista Luis Majul y prometió "el paraíso" para los años que vendrán.

Hubo dos términos que Javier Milei utilizó hasta el cansancio durante su entrevista con el periodista militante Luis Majul. Entre repeticiones en loop de los "rumores de peluquería" para bajarle el precio a las múltiples denuncias de corrupcicón contra su Gobierno y el kirchnerismo como fuente de todos los males, el Presidente patinó en otra performance para el olvido.

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Lejos de asumir errores puntuales o revisar decisiones catastróficas, Javier Milei defendió a su exaliado con un tono monocorde: “No dudo de su honorabilidad, antepuso los intereses de la libertad”. Para el mandatario, la renuncia fue un “gesto noble", según consideró, frente a acusaciones que, insistió, “fueron propiciadas por el kirchnerismo”.

Esta línea argumental, repetida hasta el cansancio, funcionó en la noche del domingo como refugio para evitar responder sobre la tormenta política y judicial que desplaza a Espert.

Cada golpe, cada traspié o disidencia interna es rápidamente atribuido a una supuesta campaña de “venganza” orquestada por “los K”, a quienes Milei responsabilizó incluso de “ensuciar” a su candidato porque, según él, “soy el primer presidente en meter presa a Cristina”.

Así, la idea de que el kirchnerismo es la fuente universal de todos los males del país opera como única explicación, desplazando cualquier posibilidad de autocrítica o lectura compleja sobre los propios errores oficiales.

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La actitud fue visible ante preguntas sobre las propias contradicciones de Espert (“es una persona honesta no acostumbrada a ese barro”), pero también al apuntar contra periodistas a los que tildó de “no honorables” por divulgar el caso. Para Milei, el desenlace no tiene que ver con las advertencias internas ni con fallas de conducción, sino más bien con la “doble vara” mediática—y, de nuevo, culpa del kirchnerismo.

Cuando se lo consultó por algún aprendizaje en estos dos años de turbulento gobierno, el presidente ensayó apenas un amague: “Claro que tuvimos errores”, dijo, aunque rápido se cubrió en el pragmatismo: “Era una situación difícil de evitar al ser el gobierno más reformista de la historia”. Cualquier fisura queda así neutralizada en el relato oficial; las urgencias, las marchas y contramarchas, y la propia salida de Espert no son síntomas de disidencias ni de fallas, sino pruebas de la magnitud de una gesta que batalla contra enemigos poderosos.

El cierre no deja dudas: negación de autocrítica, relato de persecución y defensa incondicional para los propios. Mientras tanto, el gobierno se encamina a nuevas alianzas y cambios de gabinete sin abrir grietas en su discurso: todo, absolutamente todo, es culpa del kirchnerismo y los errores, si los hubiera, siempre se explican por factores externos.



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