"Los Ecos", de Evie Wyld: cómo sobrevivir a la familia y la pérdida
La novela de la autora inglesa sigue a Hannah entre su adolescencia en un pueblo australiano y su adultez en Londres, atravesada por intensos vínculos afectivos.
Transitar, compartir, recordar. He aquí los tres gestos que podrían resumir -con cierta dosis de injusticia- la vida de Hannah, la protagonista de Los Ecos, novela de la escritora inglesa Evie Wyld que llegó a las librerías argentinas el año pasado, de la mano de Fiordo.
La historia se despliega entre Australia e Inglaterra en un movimiento pendular: va y viene entre la adolescencia de Hannah en un pueblo de la nación oceánica, Los Ecos, rodeada de su familia, y su adultez en Londres, donde comparte un departamento con su novio, Max. En ese recorrido, Wyld, que tuvo su debut literario en 2009 con la publicación de la celebrada novela After the Fire, A Still Small Voice, explora ambas etapas que marcan a la protagonista para mostrar cómo sus vínculos se transforman y se quiebran; si en la primera pone el foco en la desintegración familiar, en la segunda examina la cotidianeidad de la pareja hasta la muerte de Max y lo que deja.
Narrada desde diferentes puntos de vista —una primera persona que alterna entre Hannah y Max, y una tercera que permite observar con mayor distancia—, Los Ecos está lejos de ser una novela pasatista. Esto se debe, fundamentalmente, a que en ese ir y venir temporal y espacial tanto la trama como los personajes van ganando densidad, exigiendo del lector una atención plena. De esta manera, Wyld propone que, para comprender los días de Hannah en Londres, es necesario revisitar su vida en Los Ecos junto a sus padres, su hermana Rachel, su tío Tone y Melissa, su novia. Así, la parsimonia y el profundo desencanto —antes escribía y ahora trabaja como autómata en un bar— que la acompañan en su adultez solo pueden entenderse a la luz de ese turbulento pasado en Australia.
Wyld compone un conjunto de seres heridos, rotos, sin apelar al golpe bajo. Va revelando el pasado familiar de Hannah de a poco, casi a tientas, evitando la grandilocuencia y, fundamentalmente, el regodeo en el drama. Desde luego, también apelará a este procedimiento para contar la muerte de Max. Por lo tanto, en Los Ecos resulta evidente que la autora se propuso armar, con suma paciencia, dos rompecabezas (el australiano y el inglés) en simultáneo, de modo que el sentido de uno solo se configura a partir de la existencia del otro, en una suerte de perfecta simbiosis.
Finalmente, retomando la muerte del novio de Hannah, no es descabellado sostener que este hecho reconfigura la idea de ausencia en la novela, porque en ella se muestra que su partida no clausura su presencia: Max sigue en el departamento, acompañando a su novia como puede, invisible pero latente. Esta situación abre una pregunta: esa permanencia, ¿funciona como compañía o como una forma de invasión que impide el duelo de Hannah? Tal vez el lector encuentre una respuesta.
Exilio, memoria y realismo mágico en “De este lado del Este”
