La delgada línea entre la vida y la muerte en la Argentina de los años setenta solía trazarse en lugares cotidianos. Un restaurante, una charla entre amigos. El relato de la periodista y ex detenida desaparecida Miriam Lewin rescata del olvido, en el marco de la muerte de Luis Brandoni, una noche de 1978 en la que el azar —o quizás una falla logística del horror— permitió que el actor siguiera entre nosotros.
La obsesión del verdugo
Dentro de los muros de la ESMA, Jorge "El Tigre" Acosta, jefe del grupo de tareas, alimentaba una fobia particular. No era solo una cuestión política; era una obsesión enfermiza con la figura de Luis Brandoni.
Al "Tigre" le irritaba todo de él: su rol como secretario general de la Asociación Argentina de Actores, su valentía para hablar y la claridad de sus convicciones. Para Acosta, la visibilidad de Brandoni era un insulto a la "imagen impoluta" que la dictadura intentaba proyectar. Cada vez que el actor aparecía en pantalla, el represor escupía comentarios cargados de odio.
Una cena bajo la sombra del horror
La escena se trasladó una noche de 1978 al tradicional restaurante El Globo, cerca de la Avenida de Mayo. Allí, Acosta cumplía con uno de sus ritos más perversos: sacar a cenar a un pequeño grupo de secuestradas para "exhibirlas" ante el mundo exterior y martirizarlas con relatos de operativos recientes.
Entre esas mujeres estaba Miriam Lewin, quien relata la atmósfera eléctrica que se vivió al descubrir a Brandoni en una mesa cercana:
El hallazgo: Brandoni comía desprevenido junto a un acompañante.
La amenaza: Al verlo, Acosta comenzó a planificar en el acto cómo "chuparlo" (secuestrarlo). Lo tenía a mano, servido en bandeja para su maquinaria asesina.
La desesperación silenciosa: Las detenidas, conscientes del peligro inminente, intentaban desesperadamente cruzar miradas con el actor. Buscaban advertirle, a través de los ojos, que la muerte estaba sentada en la mesa de al lado.
"Brandoni estaba concentrado en su charla, y no nos miraba, totalmente ignorante de la amenaza", recuerda Lewin.
El misterio de una retirada
Brandoni ya conocía el infierno; en 1976 había sido secuestrado junto a su mujer, Martha Bianchi, por la banda de Aníbal Gordon en Automotores Orletti. Sin embargo, en la lógica fragmentada del terrorismo de Estado, haber salido de un centro clandestino no garantizaba la seguridad en otro.
Por razones que el tiempo nunca terminó de aclarar, los marinos desistieron esa noche. Lewin ensaya varias hipótesis:
La llegada de un comensal inesperado que rompió el clima.
La imposibilidad de coordinar el traslado inmediato a la ESMA.
La falta de una "zona liberada" para operar en ese preciso momento.
Esa noche, el destino decidió que no era la hora de Brandoni. El "Tigre" Acosta se quedó con las ganas y el país conservó a uno de sus artistas más emblemáticos.
Para Lewin, ver a Brandoni hoy —ya sea en su papel de "el viejito comunista fabulador de Parque Lezama" o recordándolo joven y esbelto subiendo las escaleras del teatro SHA— es el recordatorio vivo de una batalla ganada al olvido.
Aquella noche en El Globo, el talento le ganó la partida, por apenas unos metros, a la oscuridad más absoluta.
El relato de Miriam Lewin
En la ESMA, Jorge el Tigre Acosta, el jefe de la patota, tenía una obsesión enfermiza con Luis Brandoni. Le molestaban su voz pública como secretario general de la Asociación Argentina de Actores, su valentía y claridad. No perdía la oportunidad de hacer comentarios llenos de odio cuando lo veía en pantalla. La visibilidad que lograba Brandoni ponía en peligro la imagen impoluta de la dictadura que los milicos querían imponer.
Una noche de 1978, en el restaurant El Globo, cerca de Avenida de Mayo , el jefe del grupo de tareas de la ESMA el Tigre y dos de sus lugartenientes cumplían el rito perverso de sacar a cenar del campo de concentración de Núñez a un pequeño grupo de secuestradas. Yo estaba entre ellas, angustiada por ese contacto fugaz con el mundo exterior, que los represores usaban para martirizarnos con el relato de operativos donde habían secuestrado o asesinado a nuestros compañeros de militancia.
En un rincón del salón, Luis Brandoni, comía desprevenido con un acompañante. Ahí mismo, el Tigre empezó a planificar cómo chuparlo. Lo tenía servido, al alcance de su mano asesina, y no quería desperdiciar la oportunidad. Las comensales forzadas empezamos a desesperarnos y buscamos los ojos de Brandoni esperando que reconociera en nuestras caras la inminencia del peligro. Brandoni estaba concentrado en su charla, y no nos miraba, totalmente ignorante de la amenaza.
Yo no sabía que el y su mujer Martha Bianchi ya habían sido detenidos ilegalmente por la banda de Aníbal Gordon en el 76 en Automotores Orletti. La liberación no le garantizaba la vida en la Argentina del estado terrorista donde campeaban las rivalidades entre fuerzas.
Por alguna razón, a último momento los marinos desistieron de llevárselo. Tal vez llego un comensal inesperado, tal vez no pudieron coordinar el traslado al centro clandestino o conseguir la zona liberada para operar. Quizás no era su hora. Esa noche, Brandoni se salvó. Y nos regaló casi medio siglo más de talento indiscutible. El viejito comunista fabulador de Parque Lezama es lo último que vi de él. PD A mis trece, lo vi subir las escaleras para entrar al teatro SHA de la mano de su mujer Marta Bianchi, los dos jóvenes, esbeltos, bellísimos y desfallecí de amor.