Jorge Macri, jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires acaba de quitar el dinero que se utilizaba para ayudar a las familias con menos recursos de toda la Ciudad a vivir en una vivienda digna para asignar ese dinero a personas que tienen un mejor pasar económico. Así de simple. Como Robin Hood, pero al revés. Y para justificarlo dice una barbaridad: que se les regalo viviendas a personas que viven en los barrios de emergencia.
"Saldamos una deuda histórica con la clase media. Lanzamos nuevos créditos hipotecarios con los recursos que antes se usaban para regalar viviendas y locales en las villas. Esto también es ordenar", anunció Macri en sus redes sociales.
Saldamos una deuda histórica con la clase media.
— Jorge Macri (@jorgemacri) March 18, 2026
Lanzamos nuevos créditos hipotecarios con los recursos que antes se usaban para regalar viviendas y locales en las villas.
Esto también es ordenar. pic.twitter.com/efU6KFkCvq
Las declaraciones del Jefe de Gobierno sugieren que el Estado "regaló" viviendas a habitantes de barrios populares como el Barrio 31 (Retiro), Rodrigo Bueno (Costanera Sur) o Playón de Chacarita. Sin embargo, los datos técnicos y los procesos administrativos del Instituto de Vivienda de la Ciudad (IVC) y la Secretaría de Integración Social y Urbana cuentan una historia diferente: la de una deuda a largo plazo y una formalización obligatoria.
1. El sistema de créditos hipotecarios
Contrario a la idea de una entrega gratuita, el proceso de mudanza a las nuevas viviendas construidas por el Gobierno de la Ciudad se realiza bajo la figura de créditos hipotecarios. Cada familia adjudicataria debe firmar un compromiso de pago adaptado a sus ingresos.
Cuotas mensuales: Los vecinos pagan cuotas que, aunque suelen tener tasas subsidiadas para garantizar la cobrabilidad, representan un compromiso financiero real durante 20 o 30 años.
Garantía: La propiedad no se entrega de forma definitiva hasta que no se cancela la totalidad del crédito, funcionando de manera similar a cualquier plan de vivienda social del Estado.
2. La vivienda anterior como "parte de pago"
Uno de los puntos más ignorados en el discurso de la "gratuidad" es el canje de activos. Para acceder a una vivienda nueva dentro de un proceso de urbanización, las familias deben ceder su vivienda anterior al Estado.
Muchos de estos hogares en las villas fueron construidos por los propios vecinos a lo largo de décadas, ladrillo a ladrillo, con una inversión privada informal pero cuantificable. Al mudarse, el Estado demuele esa estructura para abrir calles o esponjar manzanas, y el valor social y material de esa construcción es tomado como parte del proceso de relocalización. No es un regalo; es una permuta forzosa por una vivienda digna y segura.
3. La formalización de servicios públicos
Vivir en una vivienda nueva implica la entrada al sistema formal de consumo, algo que no siempre sucede en la informalidad de la villa. Al recibir la llave, el vecino se convierte en titular de:
Facturas de electricidad y agua (con medidores individuales).
Tasas municipales (como el ABL).
Expensas (en el caso de los complejos de edificios).
De hecho, uno de los mayores desafíos que enfrentan las familias relocalizadas es, precisamente, el fuerte impacto económico que supone pasar de una economía de subsistencia informal a tener que afrontar costos fijos mensuales de mantenimiento urbano.
4. El marco legal: La Ley 3343 y otras
La urbanización de barrios populares en la Ciudad no es un acto discrecional del Poder Ejecutivo, sino que está regida por leyes votadas en la Legislatura porteña (como la Ley 3343 para el Barrio 31). Estas normas establecen que la integración debe ser social y urbana, lo que implica derechos pero también obligaciones contractuales para los habitantes.
"La vivienda se paga. Es un error conceptual y una falta a la verdad decir que se regalan. Lo que existe es un plan de facilidades para que sectores que estaban fuera del sistema puedan ingresar a la formalidad", explican especialistas en urbanismo.
Afirmar que las viviendas son un regalo simplifica una realidad compleja y omite el esfuerzo financiero que miles de familias realizan para pagar sus créditos y servicios. La urbanización es, en rigor, un proceso de regularización dominial: el Estado garantiza el derecho a la vivienda digna, pero el ciudadano asume la carga de su financiamiento y mantenimiento bajo las reglas del mercado formal.