Una inmensa marea feminista volvió a ganar las calles de todo el país para decir que la violencia machista no es un hecho aislado sino una política de Estado por omisión, recorte y negacionismo. Once años después del primer grito de Ni Una Menos, el movimiento se plantó frente al Gobierno de Javire Milei para exigir respuestas concretas, memoria para las víctimas y la restitución de las políticas de género desmanteladas.
Una jornada atravesada por el duelo
La convocatoria de este 3 de junio llegó sacudida por los femicidios de Agostina Vega, en Córdoba, y de Dulce María Beatriz Candia, que volvieron a exponer el rostro más extremo de la violencia de género. Ambos casos condensan fallas repetidas: respuestas tardías, desprotección de niñas y adolescentes y un sistema institucional que llega cuando la vida ya fue arrebatada.
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En Córdoba, la familia materna de Agostina marchó a horas del velorio de la adolescente, mezclando el dolor íntimo con el reclamo público. “A mi nieta la siguen matando” y “a marchar por la memoria de Agostina” no fueron solo frases de una abuela y un abuelo devastados, sino una interpelación directa a un Estado que no actuó a tiempo.
Frente al Congreso
Frente al Congreso, el documento leído por referentes como Thelma Fardín, Liliana Daunes y Cazzu puso el foco en las responsabilidades políticas y no solo en los monstruos individuales. El texto reclamó renuncias, condenas y, sobre todo, la restitución de las políticas públicas de género desmanteladas en los últimos años, en un contexto de ajuste y negacionismo oficial.
El documento contabilizó al menos 3.205 víctimas de violencia de género desde la primera marcha de 2015, un dato que desarma cualquier discurso que quiera reducir los femicidios a “casos aislados”. La consigna “Vivas, libres y desendeudadas nos queremos” volvió a unir la violencia machista con la violencia económica y las políticas de ajuste que precarizan la vida de las mujeres y diversidades.
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Una marea
Aunque la postal más difundida fue la Plaza de los Dos Congresos colmada, la jornada tuvo un fuerte carácter federal con grandes movilizaciones en Córdoba, Rosario, Mar del Plata y Neuquén, entre otras ciudades. En Córdoba, los puntos de encuentro se llenaron temprano y la columna de Alerta Feminista avanzó por el centro hacia el Patio Olmos para el acto central, mientras en Rosario la marcha unió la plaza 25 de Mayo con la plaza San Martín y en Mar del Plata y Neuquén las concentraciones coparon los espacios céntricos.
Esa capilaridad confirmó que Ni Una Menos ya no es solo una cita en la Capital, sino un tejido organizado que se reconfigura en cada territorio, con sus propias consignas y urgencias. Los carteles –“¿Te cansás de oírlo? Nosotras de vivirlo”, “Somos el grito de las que faltan”, “Que ser mujer no nos cueste la vida”– condensaron la persistencia del reclamo y el hartazgo acumulado.
Contra el sentido común machista
En las crónicas de la marcha, las voces individuales se encargaron de dinamitar los lugares comunes que siguen justificando la desigualdad. Graciela, 77 años, contó que fueron sus nietas las que la ayudaron a nombrar como trabajo lo que durante décadas se llamó “ayuda en la casa” y a reconocer como violencia situaciones que habían sido naturalizadas.
Esa escena intergeneracional –una abuela que se deja interpelar por sus nietas en plena marcha– revela el núcleo político del feminismo como cambio cultural profundo. No se trata solo de leyes, sino de desarmar mandatos que relegaron a las mujeres al hogar y silenciaron durante años el maltrato cotidiano, las violencias sexuales y la exigencia de aguantar.
Entre las columnas, las voces de las más jóvenes ocuparon un lugar central, sobre todo a partir del femicidio de Agostina, una adolescente de 14 años. Estudiantes del colegio de danzas Aida V. Mastrazzi recordaron que “tenía toda una vida por delante” y describieron el miedo de volver a clases sin saber si alguna compañera va a aparecer.
En Buenos Aires, grupos de chicas que se conocieron en la escuela –como Manuela y Emma, de Barracas– explicaron por qué hace tres años que marchan juntas: “para que no maten más pibas” y “porque no queremos vivir con miedo”. Su presencia, junto con madres, abuelas y tías, reafirmó que la violencia machista ya no se barre debajo de la alfombra familiar: se discute en las aulas, en las redes y en las calles.
El triple femicidio de Varela y la trama narco
La marcha también recordó el triple femicidio de Florencio Varela, donde fueron asesinadas Lara Gutiérrez (15), Brenda del Castillo (20) y Morena Verdi (20) en septiembre de 2025. Las jóvenes fueron llevadas bajo engaño a una casa de Villa Vaettone, donde fueron brutalmente golpeadas y apuñaladas en un contexto vinculado a una supuesta venganza narco por un robo de cocaína.
Que el caso aparezca en la marcha no es casual: muestra cómo las violencias de género se entrelazan con otros circuitos de violencia, como el narco y el crimen organizado, sin perder su dimensión machista. La vida de las mujeres –especialmente las más jóvenes y pobres– sigue siendo la variable de ajuste en una trama donde se combinan patriarcado, desigualdad social y economías delictivas.
Entre el festejo y el hartazgo
La desconcentración frente al Congreso mezcló batucadas, bailes y cánticos clásicos del movimiento, en un clima que osciló entre la celebración de encontrarse y el hartazgo por tener que repetir una y otra vez las mismas consignas. No es trivial que la alegría haya estado presente: en una agenda marcada por el duelo y el dolor, la fiesta feminista también es una forma de afirmar el derecho a la vida digna, al deseo y al espacio público.
Pero debajo de los bombos y los glitter, el mensaje fue claro: sin políticas de género, sin presupuesto y sin un compromiso real de los tres poderes del Estado, los femicidios no van a frenarse. El señalamiento al negacionismo –tanto el que minimiza las cifras como el que caricaturiza al feminismo– apuntó de lleno a quienes ocupan hoy los resortes del poder.
Un movimiento que no retrocede
A once años del primer Ni Una Menos, el movimiento feminista argentino mostró que sigue siendo una de las actorías sociales más potentes del país. En un contexto de retroceso de derechos a nivel global y de gobiernos que intentan disciplinar la protesta social, miles de mujeres, lesbianas, travestis, trans y no binaries eligieron no correrse de la calle.
La escena de una abuela que marcha antes de ir al velorio de su nieta, de adolescentes que toman la palabra y de artistas que se suben al escenario para leer un documento cargado de demandas, resume la densidad política de esta jornada. No es solo una efeméride ni un ritual: es un recordatorio de que, mientras la respuesta estatal sea insuficiente, la multitud feminista seguirá volviendo, una y otra vez, a ocupar el espacio público.